viernes, 27 de octubre de 2017

`Mutaciones´ de Ruth Peche

Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza 
habla mientras el género humano no la escucha
 — Victor Hugo —

Bien es sabido que la naturaleza ha sido una fuente de inspiración para artistas y creativos durante siglos. Aunque esa naturaleza ha sido capaz de aterrorizar a generaciones enteras por su indomabilidad, misterio y superficie, muchos de los elementos que la componen nos han conquistado por su belleza, pureza y libertad. Ruth Peche recoge en sus obras esa fascinación por nuestro entorno, pero enfrentando lo natural con una de sus peores amenazadas: la huella del ser humano. 
La relación entre naturaleza y humanidad se respira, sin duda, en su último proyecto: la exposición Mutaciones, que se abrirá el próximo 3 de noviembre en el Palacio de Pimentel (Valladolid). En ella se presenta una serie de obras que reflejan un problema poco publicitado pero realmente trágico: la contaminación de los entornos naturales por la basura y los residuos surgidos del consumo humano, muchos de ellos no biodegradables y tóxicos. Sus piezas son, indudablemente, una representación visual de una de las afirmaciones más tristes del oceanógrafo Charles Moore: “nosotros, los humanos, producimos la basura que la naturaleza no puede digerir”.
Las obras de Peche representan imágenes de una realidad cruel, siniestra y amarga, pero presentada curiosamente de forma sublime y poética. La artista busca despertar nuestra conciencia medioambiental mediante imágenes estéticamente cuidadas y delicadas. Los plásticos y demás residuos protagonistas son tratados de forma escultórica para crear objetos seductores y bellos que, a la distancia, parecen confundirse con el entorno en el que se encuentran. Peche está queriendo seducir y atraer nuestra mirada para que, ya de cerca, nos preguntemos qué es lo que vemos, de dónde surgen esos productos, qué es lo que estamos haciendo. Mediante la elegancia visual, quiere que reflexionemos sobre la catástrofe que estamos provocando: nuestra intervención en el ciclo natural de la vida y la muerte introduciendo materiales que no se degradan, sólo mutan con el tiempo. Los espectadores podemos disfrutar de la belleza de aquello que nos da miedo, de la belleza de lo amenazante, de lo fascinante de lo terrorífico.
Los trabajos de la madrileña son una continua batalla de opuestos que juegan con nuestra percepción: en ellos vemos lo natural y lo humano, lo orgánico y lo sintético, lo real y lo artificial, lo bello y lo trágico, la vida y la muerte. Con todas esas contradicciones, el objetivo final de la exposición sigue siendo claro: “llamar la atención”, según las propias palabras de Ruth, “sobre la difícil coexistencia entre nuestro sistema de vida actual, la evolución natural del paisaje y las consecuencias futuras que puede acarrear”. Igual que otros artistas como Irene Sanfiel (alias Zireja) y su proyecto The Waste Coast, Mandy Barker y su obra Soup o Catalina Bauer y su trabajo Mapa, Peche quiere abofetear a esa sociedad adormilada ante la destrucción de nuestro entorno y preguntarnos qué queremos dejar a sus hijos.


Texto publicado en el catálogo de la exposición Mutaciones
Más información sobre la muestra:

Dirección:
Palacio de Pimentel
C/ Angustias 44
Valladolid

Fechas:
del 3 de noviembre al 3 de diciembre.

Inauguración:
3 de noviembre - 20 horas.

miércoles, 4 de octubre de 2017

`Second Wind´ de James Turrell, un encuentro inesperado

Provincia de Cádiz, finales de agosto. La sensación térmica hacía que cualquier prenda de ropa, incluso la más fina, molestase con sólo rozar la piel. No era el desierto del Sáhara pero lo parecía. Mi pareja y yo recorríamos la costa en una autocaravana de 5 metros cuadrados, una casa rodante en la que podíamos cocinar acostados en la cama o conducir mientras nos duchábamos. Una forma de viajar curiosa que mezclaba aventura y locura a partes iguales. 

Los primeros días fueron intensos: creo que no dejamos ni un pueblo o playa sin visitar. Pero tras diez jornadas recorriendo fauna y flora, necesitábamos nuevos planes para no morir por repetición: los ojos estaban ya cansados de tantas fachadas blancas decoradas con flores y la piel no podía estar más roja por la mezcla de crema, sol y arena. Una tarde que conducíamos hastiados por la carretera que une Tarifa y Vejer de la Frontera nos encontramos con una sorpresa grata: unas señales que nos llevaban directos a la Fundación NMAC, un curioso lugar escondido dentro de nuestras fronteras.

Se trata de un espacio museístico de carácter privado inaugurado en junio de 2001 y dedicado al arte contemporáneo. Más específicamente busca estudiar esas relaciones que se crean entre arte y naturaleza cuando ambos elementos confluyen en un mismo espacio. De hecho la fundación se encuentra en un gran terreno natural abierto al cielo en el que se exponen proyectos site-specific creados por artistas de diversas nacionalidades. Un tesoro lleno de tesoros. En unas 500 hectáreas aproximadamente los visitantes podemos encontrar trabajos de artistas de la talla de Pilar Albarracín, Mauricio Cattelan, Marina Abramovic, Shen Yuan o Susana Solano. 

Pero entre todos ellos yo destacaría un nombre en especial: James Turrell (Pasadena, California, 1943). Descendiente de una familia de cuáqueros, este artista estudió matemáticas, psicología de la percepción y aviación y la mezcla de todos esos conocimientos han contribuido a que haya sido capaz de crear piezas visualmente estudiadas, sugerentes y poéticas. En todas ellas se respira un común denominador: el uso de la luz, pero no como un elemento más de construcción sino como un fin en si mismo. Turrell parece defender que la luz es el detonante de la existencia, el aspecto más elemental de la vida, y quiere centrarse en ella, en lo que con ella se puede crear y el efecto que tiene en quién la ve. 

Para la fundación andaluza creo especificamente Second Wind, una pieza que forma parte de su serie Skyspaces y que fue inaugurada hace ya doce años (en 2005). ¿En qué consiste realmente? Es una estructura subterránea con forma de pirámide truncada a la que se accede a través de un túnel. En su interior tiene una estupa de piedra sobre un depósito de agua y esta estupa cuenta, como el resto de las obras de la misma colección, con una abertura en el techo para observar el cielo. Los visitantes pueden sentarse en bancos establecidos en el interior y disfrutar del cielo y de los cambios lumínicos, además de meditar sobre su propia percepción de la realidad. A mi me recuerda realmente a una capilla en la que la luz busca ayudarnos a relajarnos, a meditar, a reflexionar, a  percibir el exterior y a encontrarnos a nosotros mismos (más allá de cualquier creencia religiosa personal). 

En mi caso particular esta pieza fue todo un descubrimiento. A pesar de su sencillez fue capaz de captar nuestra atención y hacernos disfrutar del espacio y de la luz de un día especialmente soleado. Tras nuestro largo viaje en caravana con sus pros y contras, sus alegrías y sus batallas, esta experiencia nos ayudo a olvidar el sofocante calor del exterior, a relajarnos y a percibir algo tan esencial y básico como el poder de la luz misma.












Para más información sobre esta pieza, podéis visitar la 
página web de la Fundación 
pinchando AQUÍ