martes, 8 de agosto de 2017

Reivindicando a Anni Albers

La gran mayoría de los amantes del arte conocemos a Josef Albers (1888-1979) y sus cuadrados multicolores. No hay libro enciclopédico dedicado a las artes que no lo describa como uno de los más destacados pintores abstractos de su época, además de mencionar su trabajo como profesor, diseñador gráfico o poeta. Pero es curioso darse cuenta de que no tanta gente conoce el trabajo de su mujer Annelise, llamada familiarmente Anni (1899-1994).


Yo personalmente la descubrí bastante tarde (a pesar de la vergüenza que me da confesar tal tragedia). Durante mis años universitarios (en los que estudié historia del arte) y durante el inicio de mi vida profesional, ningún profesor ni compañero me mencionó alguna vez el nombre de esta pionera del arte textil. Tampoco cayó en mis manos ninguno de los pocos textos escritos sobre ella. Un cumulo de mala suerte y desgracias que se rompió hace tan sólo unos pocos años: fue durante una exposición sobre Josef organizada por la Fundación Juan March en 2014 cuando alguien me habló de ella con gran interés (curioso que fuera justo en esa exposición, como si su trabajo estuviera a la sombra del de su marido). Avergonzada ante mi ignorancia y desconocimiento, no pude hacer otra cosa que comenzar a investigar sobre ella y su trabajo.

Os comentaré algo de su biografía. Nacida en Berlín a finales del siglo XIX, comenzó a recibir clases de pintura y dibujo durante su niñez. Fue tal su interés y fascinación por el mundo visual que pronto decidió convertirse en artista y en 1922 fue aceptada en la prestigiosa Bauhaus, estudiando con maestros de la talla de Wassily Kandinsky o Paul Klee. Pero a pesar de lo vanguardista que suponía en aquella época que las mujeres fueran aceptadas en una escuela de tal calibre, estas sufrían numerosas limitaciones. Y Anni las vivió en primera persona: se le negó la inscripción en un taller de vidrio y tuvo que matricularse sin quererlo en el taller de textiles (aunque poco sorprende el hecho de que uno de los pocos talleres abiertos a mujeres fuera justo ese, relacionado con un arte tradicionalmente considerado femenino). Su interés por el mundo de los tejidos fue al principio escasa, pero los hilos le fueron atrapando con el tiempo: “pensé que (el taller de textil) era más bien cursi y afeminado. Pero cada vez me intrigaba más con él y gradualmente lo encontré muy satisfactorio.


Este curso, al que llegó fruto del azar, fue el punto de partida para todo su trabajo posterior. Gracias a él, descubrió un campo nuevo para experimentar con diversos materiales, como hilos metálicos, crin o tejidos tradicionales. Durante los años siguientes como estudiante en la Bauhaus (y posteriormente como profesora), Anni creo obras en papel y tapices innovadores, armónicos y perfectamente compuestos con tramados lineales y colores geométricos. Tal como dijo la periodista Patricia Martín, la artista descubrió en el mundo textil “la combinación perfecta de subjetividad y un método técnico que hace consciente la construcción, las elecciones de materiales, colores y formas.


Tras este descubrimiento vital, todo fue bien hasta principios de la década de 1930, cuando el Partido Nazi comenzó a ganar poder en Alemania y la Bauhaus cerró sus puertas. Como muchos artistas e intelectuales europeos, Anni y su ya marido se mudaron a Estados Unidos, hallando “un territorio virgen para la total experimentación artística sin el peso de la tradición europea” (de nuevo en palabras de Martín). Su estancia allí fue más que productiva: no sólo continuó su trabajo como docente y teórica, sino que también siguió su investigación artística. Y esa investigación se vio enriquecida por los continuos viajes de la pareja por Latinoamérica, donde Anni estudió patrones, tejidos y técnicas tradicionales. E incluso se convirtió en una ferviente coleccionista de antiguos textiles peruanos. ¡Menuda fuente de inspiración!


Desde entonces y hasta su muerte (a los casi 95 años), siguió experimentando con materiales y formas de producción, creando numerosos tapices, textiles y grabados profundamente conmovedores. A pesar de no aparecer en muchos libros de arte, aún hoy debe ser considerada una figura fundamental dentro de la historia del arte. Tal ha sido su importancia que fue, de hecho, la primera artista textil que expuso de manera individual en el MoMA de Nueva York, a pesar de que dicho dato apenas se recuerda.

Este año su nombre ha vuelto a mi mente mientras investigo para uno de mis últimos proyectos, Las Hilanderas, dedicado a artistas contemporáneas que trabajan con hilo y aguja… Casualidades de la vida. Y ha vuelto gracias a dos hechos sin conexión aparente: encontrar, durante mi última visita a Milán, una pequeña exposición sobre sus grabados en la Galleria Carla Sozzani (abierta hasta principios de septiembre); y saber que el Museo Guggenheim de Bilbao inaugurará el próximo otoño una retrospectiva sobre ella. Dos hechos aún necesarios para dar a conocer al mundo menos especializado su extensa y brillante carrera… porque el textil, señores y señoras, ya debe considerarse una expresión de primer orden y no sólo artesanía. Este texto pretende ser sólo un pequeño homenaje a Anni, a su labor, a su legado, aunque más deberíamos hacer. 

1 comentario:

  1. Muy interesante¡ Intentaré ir a Bilbao a ver la exposición¡

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