miércoles, 23 de agosto de 2017

Oda al dibujo

Artículo escrito para el blog de la Fundación Mapfre.

Las primeras palabras que pronunció Pablo Picasso, según cuenta la leyenda, fueron “piz, piz” con apenas un año. Aquel pequeñín, que todavía no sabía hablar en condiciones, pedía tan solo un lápiz para poder dibujar. Una anécdota insignificante dentro de la biografía de Picasso, pero capaz de mostrarnos como el malagueño ya apuntaba maneras durante su más tierna infancia.

Sea o no una historia veraz, podemos afirmar que muchos de nosotros empezamos a dibujar incluso antes que a cotorrear. Trazar garabatos es casi la primera manera que tenemos de expresar nuestros sentimientos al mundo. Es una acción que parece surgir de forma natural cuando somos niños, durante los años en los que nuestra personalidad se va formando. Pero a pesar de la importancia del dibujo en nuestro desarrollo infantil, llega un momento en el que los adultos deciden cortarnos las alas de la creatividad. A ciertas edades ya no sé ve con buenos ojos gastar nuestro tiempo con lápices y papeles; debemos dejar la infancia atrás y centrarnos en materias más serias que nos formarán, según nos dicen, para el futuro.

Pero no debemos pensar que ese rechazo hacia el dibujo es solo característico de la sociedad civil. Durante siglos el dibujo ha sido visto, dentro del mundo del arte, como un actividad secundaria que no tiene tanta dignidad como la pintura, la escultura o la arquitectura. Las academias decimonónicas, por ejemplo, utilizaban el dibujo simplemente como medio formativo para entrenar el ojo de los estudiantes, mientras que numerosos artistas ya consagrados lo usaban solo como un paso preparatorio para organizar sus ideas antes de realizar sus obras finales. Los museos e instituciones culturales no han sido, ni mucho menos, mejores: en muchos casos se han negado a mostrar dibujos en sus salas al considerarlos obras menores cuya exposición es, además, problemática debido a su fragilidad e inestabilidad.

Todo esto demuestra como los dibujos han sido, durante gran parte de nuestra historia, uno de los medios más maltratados, denigrados y olvidados en el arte. Sin embargo, tenemos que aprender a reivindicar este medio y entender su potencial. Aunque muchos crean que es una técnica aparentemente sencilla y frágil, es mucho más importante y compleja de lo que parece. Veamos solo tres razones para su consideración.

Dibujar, para empezar, es casi la forma más esencial y primaria que tienen los artistas para expresarse. Tal como dijo la creadora Mariana Varela, “para nosotros, los artistas, es un medio de conocimiento: dibujar es pensar. En el sujeto equivale a hablar” (1). Muchos artistas son incapaces de expresar sus sentimientos en palabras, pero con unos cuantos trazos, con unas cuantas líneas, dan forma a sus pensamientos de forma directa, sencilla e inocente. Reivindicamos el dibujo, al menos, como medio de expresión.

Por otro lado, el dibujo ayuda también a arrojar luz sobre el funcionamiento interno de otras artes: al haber sido utilizada durante años como un paso preparatorio, a medio camino entre la idea y la obra maestra, nos ayuda a conocer todos los secretos y recovecos detrás de las piezas finales (muchas de ellas desaparecidas o estropeadas con el tiempo). Se merece un respeto como archivo visual dentro de la historia del arte.

Para terminar, el dibujo es, asimismo, un medio realmente honrado y honesto. Su aparente fragilidad nos hace acercarnos a las obras y enfrentarnos cara a cara con sus trazos, descubriendo la calidad o la vulgaridad de cada pieza. El dibujo no permite disimular los imperfectos y nos ayuda a ver quién es buen o mal artista con tan solo una línea. El propio Salvador Dalí ya afirmó que "el dibujo es la honestidad del arte. No hay posibilidad de hacer trampas. O es bueno o es malo" (2). La importancia de este medio recae también en su papel para conocer el talento de los artistas.

No podemos olvidar como magníficos artistas de la talla de Durero, Goya, Ingres, Delacroix, o el propio Picasso fueron magníficos dibujantes y algunas de sus piezas a lápiz pueden ser considerados autenticas obras maestras en si mismas. Y no solo eso: numerosos artistas contemporáneos han sido capaces de convertir esta técnica en su medio de expresión principal, destacando por sus originales trabajos (a la cabeza me viene artistas de la talla de Paula Bonet, Guillermo Peñalver o Juan Francisco Casas). Las obras de todos ellos deben comenzar a conquistar las salas de los museos para mostrar su magia, su delicadeza y su elegancia. 

Es cierto que, gracias al esfuerzo de algunos profesionales, van apareciendo proyectos que pretenden destacar y difundir el trabajo de estos dibujantes. Podemos recordar, por ejemplo, algunas exposiciones realizadas en los últimos años, como Dürer to de Kooning: 100 Master Drawings From Munich (2012-2013) o Picasso: The Line (2016); o algunos museos con colecciones maravillosas de dibujo, como el Museo ABC de Dibujo e Ilustración o la propia Fundación Mapfre. Pero todavía queda mucho por hacer, por trabajar, por reivindicar. Luchemos por dar voz a un medio que tiene mucho que decir y todavía poco espacio donde mostrarse.  

Notas

(1) Mariana Varela, “La importancia del dibujo” dentro del libro El dibujo en Colombia: una mirada a la colección del Museo de Arte de la Universidad Nacional de Colombia. Texto completo: http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/todaslasartes/dibujo/dibujo0.htm

(2)  Frase mencionada por Enrique Viloria Vera en su artículo “Manuel Gutiérrez: dibujante y colorista”, Salamancartvaldia, 12/10/2016. Texto completo en: http://salamancartvaldia.es/not/129683/manuel-gutierrez-dibujante-colorista/

martes, 8 de agosto de 2017

Reivindicando a Anni Albers

La gran mayoría de los amantes del arte conocemos a Josef Albers (1888-1979) y sus cuadrados multicolores. No hay libro enciclopédico dedicado a las artes que no lo describa como uno de los más destacados pintores abstractos de su época, además de mencionar su trabajo como profesor, diseñador gráfico o poeta. Pero es curioso darse cuenta de que no tanta gente conoce el trabajo de su mujer Annelise, llamada familiarmente Anni (1899-1994).


Yo personalmente la descubrí bastante tarde (a pesar de la vergüenza que me da confesar tal tragedia). Durante mis años universitarios (en los que estudié historia del arte) y durante el inicio de mi vida profesional, ningún profesor ni compañero me mencionó alguna vez el nombre de esta pionera del arte textil. Tampoco cayó en mis manos ninguno de los pocos textos escritos sobre ella. Un cumulo de mala suerte y desgracias que se rompió hace tan sólo unos pocos años: fue durante una exposición sobre Josef organizada por la Fundación Juan March en 2014 cuando alguien me habló de ella con gran interés (curioso que fuera justo en esa exposición, como si su trabajo estuviera a la sombra del de su marido). Avergonzada ante mi ignorancia y desconocimiento, no pude hacer otra cosa que comenzar a investigar sobre ella y su trabajo.

Os comentaré algo de su biografía. Nacida en Berlín a finales del siglo XIX, comenzó a recibir clases de pintura y dibujo durante su niñez. Fue tal su interés y fascinación por el mundo visual que pronto decidió convertirse en artista y en 1922 fue aceptada en la prestigiosa Bauhaus, estudiando con maestros de la talla de Wassily Kandinsky o Paul Klee. Pero a pesar de lo vanguardista que suponía en aquella época que las mujeres fueran aceptadas en una escuela de tal calibre, estas sufrían numerosas limitaciones. Y Anni las vivió en primera persona: se le negó la inscripción en un taller de vidrio y tuvo que matricularse sin quererlo en el taller de textiles (aunque poco sorprende el hecho de que uno de los pocos talleres abiertos a mujeres fuera justo ese, relacionado con un arte tradicionalmente considerado femenino). Su interés por el mundo de los tejidos fue al principio escasa, pero los hilos le fueron atrapando con el tiempo: “pensé que (el taller de textil) era más bien cursi y afeminado. Pero cada vez me intrigaba más con él y gradualmente lo encontré muy satisfactorio.


Este curso, al que llegó fruto del azar, fue el punto de partida para todo su trabajo posterior. Gracias a él, descubrió un campo nuevo para experimentar con diversos materiales, como hilos metálicos, crin o tejidos tradicionales. Durante los años siguientes como estudiante en la Bauhaus (y posteriormente como profesora), Anni creo obras en papel y tapices innovadores, armónicos y perfectamente compuestos con tramados lineales y colores geométricos. Tal como dijo la periodista Patricia Martín, la artista descubrió en el mundo textil “la combinación perfecta de subjetividad y un método técnico que hace consciente la construcción, las elecciones de materiales, colores y formas.


Tras este descubrimiento vital, todo fue bien hasta principios de la década de 1930, cuando el Partido Nazi comenzó a ganar poder en Alemania y la Bauhaus cerró sus puertas. Como muchos artistas e intelectuales europeos, Anni y su ya marido se mudaron a Estados Unidos, hallando “un territorio virgen para la total experimentación artística sin el peso de la tradición europea” (de nuevo en palabras de Martín). Su estancia allí fue más que productiva: no sólo continuó su trabajo como docente y teórica, sino que también siguió su investigación artística. Y esa investigación se vio enriquecida por los continuos viajes de la pareja por Latinoamérica, donde Anni estudió patrones, tejidos y técnicas tradicionales. E incluso se convirtió en una ferviente coleccionista de antiguos textiles peruanos. ¡Menuda fuente de inspiración!


Desde entonces y hasta su muerte (a los casi 95 años), siguió experimentando con materiales y formas de producción, creando numerosos tapices, textiles y grabados profundamente conmovedores. A pesar de no aparecer en muchos libros de arte, aún hoy debe ser considerada una figura fundamental dentro de la historia del arte. Tal ha sido su importancia que fue, de hecho, la primera artista textil que expuso de manera individual en el MoMA de Nueva York, a pesar de que dicho dato apenas se recuerda.

Este año su nombre ha vuelto a mi mente mientras investigo para uno de mis últimos proyectos, Las Hilanderas, dedicado a artistas contemporáneas que trabajan con hilo y aguja… Casualidades de la vida. Y ha vuelto gracias a dos hechos sin conexión aparente: encontrar, durante mi última visita a Milán, una pequeña exposición sobre sus grabados en la Galleria Carla Sozzani (abierta hasta principios de septiembre); y saber que el Museo Guggenheim de Bilbao inaugurará el próximo otoño una retrospectiva sobre ella. Dos hechos aún necesarios para dar a conocer al mundo menos especializado su extensa y brillante carrera… porque el textil, señores y señoras, ya debe considerarse una expresión de primer orden y no sólo artesanía. Este texto pretende ser sólo un pequeño homenaje a Anni, a su labor, a su legado, aunque más deberíamos hacer.