miércoles, 18 de enero de 2017

Irene Cruz: las musas inspiran su universo

La fotografía, como sabemos, no es 
algo verdadero. Es una ilusión de 
la realidad con la cual creamos nuestro 
propio mundo privado”.

Arnold Newman (1918 – 2006).

Musas… ¡Qué profesión más poética y misteriosa! Con ese nombre eran conocidas las mujeres que, según la mitología griega, eran capaces de inspirar los acordes de una canción, los versos de una poesía o las pinceladas de una obra de arte. Aunque algunos las consideraban ninfas, muchos veían en ellas a autenticas divinidades a las que había que colmar de favores y obsequios para conseguir su auxilio. Estas diosas-musas conservaron su poder durante siglos y surgieron numerosas leyendas entorno a ellas, hasta un momento en el cual el mundo terrenal comenzó a ganar terreno. Poco a poco los artistas más contemporáneos fueron olvidando a esas divinidades para buscar inspiración mucho más cerca. Las musas dejaron de ser divinas y se convirtieron en esposas, amantes, vecinas, amigas, personas más terrenales, más tangibles, más próximas. Muchos se dieron cuenta de que “¡la mejor musa es la de carne y hueso!”, tal como afirmaba el propio Rubén Darío.

La fotógrafa Irene Cruz (Madrid, 1987) parece haber seguido la filosofía del poeta nicaragüense y sus coetáneos en su último proyecto fotográfico de una forma sutil y sublime, casi mágica. Bajo el título Las Musas, la artista reúne una serie de imágenes en las que retrata a algunas mujeres que se han cruzado por su vida y que han sido, de alguna forma, inspiradoras. Y la forma de retratarlas es, al menos, interesante: Irene invita a esas mujeres a realizar una performance al aire libre y las fotografía en ese momento, creando auténticos registros visuales de sus acciones tan naturales como poéticos.


La artista consigue crear así unos retratos en los que homenajea la importancia (y la carnalidad) de sus musas manteniendo, sin lugar a dudas, su tan característico universo personal. De hecho en esta serie, como en Mär, What Dreams Are Made Of, Heimat o Urlaub, se respira esa atmosfera onírica, bucólica e irreal tan frecuente en toda su producción. Gracias a ese aire tan surrealista que empapa cada esquina, sus fotografías nos recuerdan esos segundos imprecisos, borrosos y difusos que a veces alcanzamos en los sueños. Inevitablemente nos vemos transportados a un mundo en el que se entremezcla realidad y ficción, memoria y presente, vida y sueño… un mundo que, de alguna forma, nos resulta familiar pero, al mismo tiempo, tan misterioso y lejano. Como en los sueños, sabemos que en cualquier momento todo lo que está ante nuestros ojos puede desvanecerse, esfumarse o marchitarse hasta la siguiente noche.

Toda ese misterio, toda esa utopía, se consigue gracias a dos elementos fundamentales en el mundo de Irene. En primer lugar, es importante mencionar ese control de la luz casi cinematográfico, esa luz del amanecer o del atardecer que la artista es capaz de captar con tanta facilidad en todas sus series fotográficas. Es una luz que se convierte en un elemento emocional más, un elemento que nos ayuda a sentir y a tele-transportarnos a un mundo de ensueño a medio camino entre realidad y ficción. En Las Musas, como en el resto de sus obras, aparece una luz tan plástica y maleable, tan real y tan distante, que nos atrapa y nos acongoja.


En segundo lugar, en Las Musas aparecen también esos enigmáticos paisajes azules y verdosos que escoge Irene habitualmente. Son escenarios familiares, reconocibles, con los que nos hemos topado antes, pero al mismo tiempo parecen espejismos o visiones inalcanzables. Son paisajes donde la naturaleza tiene un papel especial y que, de alguna forma, pretenden hacernos sentir melancolía y nostalgia, pero también frialdad, humedad y vacío. Tal como dice ella misma, “es el lugar del misterio envuelto en el anochecer temprano o atardecer tardío. Apelo a quien lo contempla, a su empatía. Siento una atracción hacia ese tipo de paisajes fríos, vacíos, que incitan a la reflexión”.

Como en otros proyectos (ej. Habitat, Inner Tales o Stimmung), esos paisajes presentes en Las Musas están habitados por mujeres casi fantasmagóricas. Desnudándolas y rodeándolas de flores, Irene se enfrenta a la propia carnalidad de esas mujeres cuyos cuerpos cálidos contrastan con la frialdad que las rodea. Aun así no pierden su aurea poética, bucólica, onírica: no son diosas, son mujeres de carne y hueso, pero son capaces de llevarnos más allá y hacernos soñar. Me recuerdan, en cierta manera, a esas mujeres retratadas por Ellen Kooi o Amanda Charchian… mujeres reales pero intemporales, figuras de carne y hueso que parecen no envejecer, no menguar, no desaparecer tras haber sido retratadas en el momento adecuado.

Son mujeres sin rostro ni identidad que, de alguna forma, se enfrentan a su soledad y su deseo, a su melancolía y su vulnerabilidad. En esta ocasión Irene evita ponerse ella misma delante de la cámara (como tantas veces ha hecho) para no personalizar todas las emociones en su propia figura, pero aún así estas imágenes no dejan de ser algo autobiográficas: la artista nos muestra, aunque no quiera, su propia vulnerabilidad a través de otras mujeres. Son sus musas, al fin y al cabo, representadas por viejas amigas y conocidas que han compartido historias, secretos, detalles con ella.


La propia Irene reflexiona sobre esto a través de las siguientes palabras: “siempre dicen que los fotógrafos usamos a las personas que fotografiamos para hacer un espejo de nosotros mismos o, mejor dicho, que nos fotografiamos a nosotros mismos a través de nuestros/as modelos, y yo creo que esa idea no se puede romper del todo”. Pero a pesar de esa conexión incuestionable entre la creadora y sus musas, hay algo muy curioso en esta serie: mientras que en otros de sus trabajos (como Blumen) las modelos eran simplemente dobles de la propia artista sin voz propia, en Las Musas las retratadas han podido votar y opinar sobre el resultado final. Las propias modelos son, de hecho, las que han decidido qué flores debían decorar sus cuerpos, qué partes del cuerpo querían mostrar y, en algunas ocasiones, con qué sus poses querían aparecer. Y la razón de este cambio es simple: tal como explica Irene, “esta serie lo que quiere es romper con la idea de la musa clásica al servicio del artista o fotógrafo”. Ha querido deshacerse de la imagen de esas modelos-objetos sin voz propia, sin opinión ni elección, que parecen inactivas e indiferentes. Aunque esta serie presenta sin duda el universo interior de Irene, las modelos han dirigido las imágenes tanto como la artista presentando su voz, sus gustos y sus intereses.

Pero hay algo más que a simple vista se nos puede escapar: estas imágenes no solo muestran ese aire autobiográfico de la artista y esa pequeña libertad de las musas, sino también nuestro propio reflejo. Muchas de las mujeres retratadas en Las Musas no tienen rostro, no están individualizadas, consiguiendo que todos los espectadores vayamos más allá y nos identifiquemos con ellas. Irene logra que cada una de nosotras reconozcamos a nuestras propias musas, a nuestras amigas, a nuestras influencias e, incluso, a nosotras mismas.


El talento y la sensibilidad de Irene permite, de alguna forma, hacernos voyeurs y protagonistas, espectadores y retratados, aumentando el misterio y el enigma. Quizás ese misterio haya sido la clave por la cual la madrileña fuera nombrada recientemente la artista emergente con más proyección por la plataforma Why On White. Es un portento a la que, sin duda, debemos seguir la pista para ver donde nos lleva y si esas musas que la acompañan la ayudan a seguir sorprendiendo. 

De momento, y con mucho agrado, podremos ver su última serie el próximo mes de febrero en la feria Art Madrid, seleccionada para el programa ONE PROJECT por el comisario Carlos Delgado Mayordomo y representada por la galería catalana Fifty Dots. Será un placer reencontrarse con ella. 

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