miércoles, 4 de octubre de 2017

`Second Wind´ de James Turrell, un encuentro inesperado

Provincia de Cádiz, finales de agosto. La sensación térmica hacía que cualquier prenda de ropa, incluso la más fina, molestase con sólo rozar la piel. No era el desierto del Sáhara pero lo parecía. Mi pareja y yo recorríamos la costa en una autocaravana de 5 metros cuadrados, una casa rodante en la que podíamos cocinar acostados en la cama o conducir mientras nos duchábamos. Una forma de viajar curiosa que mezclaba aventura y locura a partes iguales. 

Los primeros días fueron intensos: creo que no dejamos ni un pueblo o playa sin visitar. Pero tras diez jornadas recorriendo fauna y flora, necesitábamos nuevos planes para no morir por repetición: los ojos estaban ya cansados de tantas fachadas blancas decoradas con flores y la piel no podía estar más roja por la mezcla de crema, sol y arena. Una tarde que conducíamos hastiados por la carretera que une Tarifa y Vejer de la Frontera nos encontramos con una sorpresa grata: unas señales que nos llevaban directos a la Fundación NMAC, un curioso lugar escondido dentro de nuestras fronteras.

Se trata de un espacio museístico de carácter privado inaugurado en junio de 2001 y dedicado al arte contemporáneo. Más específicamente busca estudiar esas relaciones que se crean entre arte y naturaleza cuando ambos elementos confluyen en un mismo espacio. De hecho la fundación se encuentra en un gran terreno natural abierto al cielo en el que se exponen proyectos site-specific creados por artistas de diversas nacionalidades. Un tesoro lleno de tesoros. En unas 500 hectáreas aproximadamente los visitantes podemos encontrar trabajos de artistas de la talla de Pilar Albarracín, Mauricio Cattelan, Marina Abramovic, Shen Yuan o Susana Solano. 

Pero entre todos ellos yo destacaría un nombre en especial: James Turrell (Pasadena, California, 1943). Descendiente de una familia de cuáqueros, este artista estudió matemáticas, psicología de la percepción y aviación y la mezcla de todos esos conocimientos han contribuido a que haya sido capaz de crear piezas visualmente estudiadas, sugerentes y poéticas. En todas ellas se respira un común denominador: el uso de la luz, pero no como un elemento más de construcción sino como un fin en si mismo. Turrell parece defender que la luz es el detonante de la existencia, el aspecto más elemental de la vida, y quiere centrarse en ella, en lo que con ella se puede crear y el efecto que tiene en quién la ve. 

Para la fundación andaluza creo especificamente Second Wind, una pieza que forma parte de su serie Skyspaces y que fue inaugurada hace ya doce años (en 2005). ¿En qué consiste realmente? Es una estructura subterránea con forma de pirámide truncada a la que se accede a través de un túnel. En su interior tiene una estupa de piedra sobre un depósito de agua y esta estupa cuenta, como el resto de las obras de la misma colección, con una abertura en el techo para observar el cielo. Los visitantes pueden sentarse en bancos establecidos en el interior y disfrutar del cielo y de los cambios lumínicos, además de meditar sobre su propia percepción de la realidad. A mi me recuerda realmente a una capilla en la que la luz busca ayudarnos a relajarnos, a meditar, a reflexionar, a  percibir el exterior y a encontrarnos a nosotros mismos (más allá de cualquier creencia religiosa personal). 

En mi caso particular esta pieza fue todo un descubrimiento. A pesar de su sencillez fue capaz de captar nuestra atención y hacernos disfrutar del espacio y de la luz de un día especialmente soleado. Tras nuestro largo viaje en caravana con sus pros y contras, sus alegrías y sus batallas, esta experiencia nos ayudo a olvidar el sofocante calor del exterior, a relajarnos y a percibir algo tan esencial y básico como el poder de la luz misma.












Para más información sobre esta pieza, podéis visitar la 
página web de la Fundación 
pinchando AQUÍ

miércoles, 23 de agosto de 2017

Oda al dibujo

Artículo escrito para el blog de la Fundación Mapfre.

Las primeras palabras que pronunció Pablo Picasso, según cuenta la leyenda, fueron “piz, piz” con apenas un año. Aquel pequeñín, que todavía no sabía hablar en condiciones, pedía tan solo un lápiz para poder dibujar. Una anécdota insignificante dentro de la biografía de Picasso, pero capaz de mostrarnos como el malagueño ya apuntaba maneras durante su más tierna infancia.

Sea o no una historia veraz, podemos afirmar que muchos de nosotros empezamos a dibujar incluso antes que a cotorrear. Trazar garabatos es casi la primera manera que tenemos de expresar nuestros sentimientos al mundo. Es una acción que parece surgir de forma natural cuando somos niños, durante los años en los que nuestra personalidad se va formando. Pero a pesar de la importancia del dibujo en nuestro desarrollo infantil, llega un momento en el que los adultos deciden cortarnos las alas de la creatividad. A ciertas edades ya no sé ve con buenos ojos gastar nuestro tiempo con lápices y papeles; debemos dejar la infancia atrás y centrarnos en materias más serias que nos formarán, según nos dicen, para el futuro.

Pero no debemos pensar que ese rechazo hacia el dibujo es solo característico de la sociedad civil. Durante siglos el dibujo ha sido visto, dentro del mundo del arte, como un actividad secundaria que no tiene tanta dignidad como la pintura, la escultura o la arquitectura. Las academias decimonónicas, por ejemplo, utilizaban el dibujo simplemente como medio formativo para entrenar el ojo de los estudiantes, mientras que numerosos artistas ya consagrados lo usaban solo como un paso preparatorio para organizar sus ideas antes de realizar sus obras finales. Los museos e instituciones culturales no han sido, ni mucho menos, mejores: en muchos casos se han negado a mostrar dibujos en sus salas al considerarlos obras menores cuya exposición es, además, problemática debido a su fragilidad e inestabilidad.

Todo esto demuestra como los dibujos han sido, durante gran parte de nuestra historia, uno de los medios más maltratados, denigrados y olvidados en el arte. Sin embargo, tenemos que aprender a reivindicar este medio y entender su potencial. Aunque muchos crean que es una técnica aparentemente sencilla y frágil, es mucho más importante y compleja de lo que parece. Veamos solo tres razones para su consideración.

Dibujar, para empezar, es casi la forma más esencial y primaria que tienen los artistas para expresarse. Tal como dijo la creadora Mariana Varela, “para nosotros, los artistas, es un medio de conocimiento: dibujar es pensar. En el sujeto equivale a hablar” (1). Muchos artistas son incapaces de expresar sus sentimientos en palabras, pero con unos cuantos trazos, con unas cuantas líneas, dan forma a sus pensamientos de forma directa, sencilla e inocente. Reivindicamos el dibujo, al menos, como medio de expresión.

Por otro lado, el dibujo ayuda también a arrojar luz sobre el funcionamiento interno de otras artes: al haber sido utilizada durante años como un paso preparatorio, a medio camino entre la idea y la obra maestra, nos ayuda a conocer todos los secretos y recovecos detrás de las piezas finales (muchas de ellas desaparecidas o estropeadas con el tiempo). Se merece un respeto como archivo visual dentro de la historia del arte.

Para terminar, el dibujo es, asimismo, un medio realmente honrado y honesto. Su aparente fragilidad nos hace acercarnos a las obras y enfrentarnos cara a cara con sus trazos, descubriendo la calidad o la vulgaridad de cada pieza. El dibujo no permite disimular los imperfectos y nos ayuda a ver quién es buen o mal artista con tan solo una línea. El propio Salvador Dalí ya afirmó que "el dibujo es la honestidad del arte. No hay posibilidad de hacer trampas. O es bueno o es malo" (2). La importancia de este medio recae también en su papel para conocer el talento de los artistas.

No podemos olvidar como magníficos artistas de la talla de Durero, Goya, Ingres, Delacroix, o el propio Picasso fueron magníficos dibujantes y algunas de sus piezas a lápiz pueden ser considerados autenticas obras maestras en si mismas. Y no solo eso: numerosos artistas contemporáneos han sido capaces de convertir esta técnica en su medio de expresión principal, destacando por sus originales trabajos (a la cabeza me viene artistas de la talla de Paula Bonet, Guillermo Peñalver o Juan Francisco Casas). Las obras de todos ellos deben comenzar a conquistar las salas de los museos para mostrar su magia, su delicadeza y su elegancia. 

Es cierto que, gracias al esfuerzo de algunos profesionales, van apareciendo proyectos que pretenden destacar y difundir el trabajo de estos dibujantes. Podemos recordar, por ejemplo, algunas exposiciones realizadas en los últimos años, como Dürer to de Kooning: 100 Master Drawings From Munich (2012-2013) o Picasso: The Line (2016); o algunos museos con colecciones maravillosas de dibujo, como el Museo ABC de Dibujo e Ilustración o la propia Fundación Mapfre. Pero todavía queda mucho por hacer, por trabajar, por reivindicar. Luchemos por dar voz a un medio que tiene mucho que decir y todavía poco espacio donde mostrarse.  

Notas

(1) Mariana Varela, “La importancia del dibujo” dentro del libro El dibujo en Colombia: una mirada a la colección del Museo de Arte de la Universidad Nacional de Colombia. Texto completo: http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/todaslasartes/dibujo/dibujo0.htm

(2)  Frase mencionada por Enrique Viloria Vera en su artículo “Manuel Gutiérrez: dibujante y colorista”, Salamancartvaldia, 12/10/2016. Texto completo en: http://salamancartvaldia.es/not/129683/manuel-gutierrez-dibujante-colorista/

martes, 8 de agosto de 2017

Reivindicando a Anni Albers

La gran mayoría de los amantes del arte conocemos a Josef Albers (1888-1979) y sus cuadrados multicolores. No hay libro enciclopédico dedicado a las artes que no lo describa como uno de los más destacados pintores abstractos de su época, además de mencionar su trabajo como profesor, diseñador gráfico o poeta. Pero es curioso darse cuenta de que no tanta gente conoce el trabajo de su mujer Annelise, llamada familiarmente Anni (1899-1994).


Yo personalmente la descubrí bastante tarde (a pesar de la vergüenza que me da confesar tal tragedia). Durante mis años universitarios (en los que estudié historia del arte) y durante el inicio de mi vida profesional, ningún profesor ni compañero me mencionó alguna vez el nombre de esta pionera del arte textil. Tampoco cayó en mis manos ninguno de los pocos textos escritos sobre ella. Un cumulo de mala suerte y desgracias que se rompió hace tan sólo unos pocos años: fue durante una exposición sobre Josef organizada por la Fundación Juan March en 2014 cuando alguien me habló de ella con gran interés (curioso que fuera justo en esa exposición, como si su trabajo estuviera a la sombra del de su marido). Avergonzada ante mi ignorancia y desconocimiento, no pude hacer otra cosa que comenzar a investigar sobre ella y su trabajo.

Os comentaré algo de su biografía. Nacida en Berlín a finales del siglo XIX, comenzó a recibir clases de pintura y dibujo durante su niñez. Fue tal su interés y fascinación por el mundo visual que pronto decidió convertirse en artista y en 1922 fue aceptada en la prestigiosa Bauhaus, estudiando con maestros de la talla de Wassily Kandinsky o Paul Klee. Pero a pesar de lo vanguardista que suponía en aquella época que las mujeres fueran aceptadas en una escuela de tal calibre, estas sufrían numerosas limitaciones. Y Anni las vivió en primera persona: se le negó la inscripción en un taller de vidrio y tuvo que matricularse sin quererlo en el taller de textiles (aunque poco sorprende el hecho de que uno de los pocos talleres abiertos a mujeres fuera justo ese, relacionado con un arte tradicionalmente considerado femenino). Su interés por el mundo de los tejidos fue al principio escasa, pero los hilos le fueron atrapando con el tiempo: “pensé que (el taller de textil) era más bien cursi y afeminado. Pero cada vez me intrigaba más con él y gradualmente lo encontré muy satisfactorio.


Este curso, al que llegó fruto del azar, fue el punto de partida para todo su trabajo posterior. Gracias a él, descubrió un campo nuevo para experimentar con diversos materiales, como hilos metálicos, crin o tejidos tradicionales. Durante los años siguientes como estudiante en la Bauhaus (y posteriormente como profesora), Anni creo obras en papel y tapices innovadores, armónicos y perfectamente compuestos con tramados lineales y colores geométricos. Tal como dijo la periodista Patricia Martín, la artista descubrió en el mundo textil “la combinación perfecta de subjetividad y un método técnico que hace consciente la construcción, las elecciones de materiales, colores y formas.


Tras este descubrimiento vital, todo fue bien hasta principios de la década de 1930, cuando el Partido Nazi comenzó a ganar poder en Alemania y la Bauhaus cerró sus puertas. Como muchos artistas e intelectuales europeos, Anni y su ya marido se mudaron a Estados Unidos, hallando “un territorio virgen para la total experimentación artística sin el peso de la tradición europea” (de nuevo en palabras de Martín). Su estancia allí fue más que productiva: no sólo continuó su trabajo como docente y teórica, sino que también siguió su investigación artística. Y esa investigación se vio enriquecida por los continuos viajes de la pareja por Latinoamérica, donde Anni estudió patrones, tejidos y técnicas tradicionales. E incluso se convirtió en una ferviente coleccionista de antiguos textiles peruanos. ¡Menuda fuente de inspiración!


Desde entonces y hasta su muerte (a los casi 95 años), siguió experimentando con materiales y formas de producción, creando numerosos tapices, textiles y grabados profundamente conmovedores. A pesar de no aparecer en muchos libros de arte, aún hoy debe ser considerada una figura fundamental dentro de la historia del arte. Tal ha sido su importancia que fue, de hecho, la primera artista textil que expuso de manera individual en el MoMA de Nueva York, a pesar de que dicho dato apenas se recuerda.

Este año su nombre ha vuelto a mi mente mientras investigo para uno de mis últimos proyectos, Las Hilanderas, dedicado a artistas contemporáneas que trabajan con hilo y aguja… Casualidades de la vida. Y ha vuelto gracias a dos hechos sin conexión aparente: encontrar, durante mi última visita a Milán, una pequeña exposición sobre sus grabados en la Galleria Carla Sozzani (abierta hasta principios de septiembre); y saber que el Museo Guggenheim de Bilbao inaugurará el próximo otoño una retrospectiva sobre ella. Dos hechos aún necesarios para dar a conocer al mundo menos especializado su extensa y brillante carrera… porque el textil, señores y señoras, ya debe considerarse una expresión de primer orden y no sólo artesanía. Este texto pretende ser sólo un pequeño homenaje a Anni, a su labor, a su legado, aunque más deberíamos hacer. 

sábado, 15 de julio de 2017

Los colores según Mark Liam Smith

Nuestra percepción del arte se ve afectada por todos los elementos y vivencias que nos rodean. Factores como haber pasado un buen o mal día, estar o no descansados tras una dura jornada de trabajo o encontrarnos en una habitación lo suficientemente iluminada afectan cualquier enfrentamiento visual que tengamos con una obra de arte. Pero, por supuesto, también nos influye el punto desde el cual veamos ese objeto, la perspectiva, la composición… y, por supuesto, los colores. 

Es curioso estudiar el color y ver cómo este nos afecta en nuestra vida cotidiana. A pesar de la poca importancia que le damos cuando lo disfrutamos, está ahí y su ausencia nos provoca confusión. Aún así debemos recordar que los colores realmente no existen... o, al menos, no en el sentido literal. La hierba no es verde, los plátanos no son amarillos y el cielo no es azul. Realmente es nuestro propio cerebro el que “colorea” esos objetos gracias a los rayos de luz que nos llegan a través de las retinas de nuestros ojos. De ahí que cada uno perciba los colores con matices distintos (no hay más que recordar los debates que surgieron en las redes sociales con el archiconocido vestido a rayas hace ya unos años).

Si miramos al mundo del arte, vemos que hay numerosos artistas capaces de jugar con los colores (y nuestra percepción) de una manera original y diferente. Uno de ellos es Mark Liam Smith, artista ingles con base en Canadá cuya visión está marcada por una deficiencia visual: el daltonismo. Algunos podrían considerar esta deficiencia como un handicap para su profesión, pero Mark ha sabido convertir su "problema" en un valor para su obra. Él mismo explica su revelación con las siguientes palabras: "como artista daltónico, tuve que confiar durante un tiempo en fórmulas de mezcla de colores para recrear los tonos de la piel. Pero más tarde en mi carrera me di cuenta de que los colores normales sólo servían para restringir mi expresión. Al ver mi ceguera de color como una fortaleza más que como una debilidad, he abrazado el uso de colores no considerados normales para desarrollar mi trabajo".

Entre todos sus trabajos destacaría sobre todo su proyecto Imagined Narrativas, que es realmente una oda a la diferencia, un canto a la imaginación. Está compuesto por una serie de obras donde el uso de los colores no tiene razón lógica alguna. El artista sigue su propia inspiración, su propio instinto, para crear escenas realistas decoradas con formas geométricas y diferentes tonalidades de color que provocan sorpresa, asombro, extrañeza. Parece que entramos en otro mundo, uno irreal, uno onírico alejado de lo que estamos acostumbrados. Él mismo explica que crea "una narración que usa forma, color y personaje" y considera "cuidadosamente las relaciones cromáticas y espaciales en mis pinturas para lograr movimiento y equilibrio, al igual que un escritor utiliza dispositivos literarios para avanzar en el tema".





Si queréis saber más de él, podéis visitar su web:
www.markliamsmith.com

jueves, 15 de junio de 2017

¿Qué les pasa a los museos con las mujeres artistas?

Como todos los años, el pasado 8 de marzo se celebró el Día Internacional de la Mujer con un objetivo claro: “reflexionar acerca de los avances logrados, pedir más cambios y celebrar la valentía y la determinación de mujeres de a pie que han jugado un papel clave en la historia de sus países y comunidades”, tal como dice la página web de la ONU. Un día para la celebración y la reivindicación, también en el mundo del arte y la cultura. De hecho, numerosos museos, centros de arte e instituciones culturales se unieron especialmente ese día para crear diversas actividades e iniciativas con las que reivindicar el trabajo de las mujeres. Muy bonito en teoría, si no fuera porque muchos de esos organismos olvidan el resto del año su responsabilidad a la hora de conservar, difundir, velar e investigar el arte con nombre femenino. ¡Qué fácil es aparecer en la foto cada 8 de marzo cuando todas las cámaras te están enfocando y olvidar tu papel cuando estas ya no están delante!

Si estudiamos las actividades realizadas por los museos de nuestro país durante el resto del año nos encontramos ante un problema descomunal. La mayoría de estas instituciones tienen la costumbre de exponer en sus salas obras en las que las mujeres aparecen sólo como modelos (presentándonos normalmente bajo dos estereotipos: como mujeres virgenes y recatadas, o como mujeres desnudas y provocativas); pero estos mismos centros menosprecian a la mujer como autora: apenas tienen obras creadas por ellas en sus colecciones y casi no exponen piezas de mujeres en sus proyectos expositivos (en comparación con los hombres).

Es curioso, además, darse cuenta de que este problema no sólo lo tienen centros como el Museo del Prado, en donde se conserva y expone arte de siglos pasados en los que las mujeres artistas eran realmente invisibles. Esa desigualdad tóxica también se respira en los museos de arte contemporáneo y es ahí donde radica fundamentalmente el conflicto: en un momento en el que hay leyes de igualdad y en el que las mujeres artistas son cada vez más numerosas, estas instituciones siguen haciendo más caso a los hombres. Y por supuesto existen ya ciertos estudios que muestran datos de ese olvido, de esa injusticia. 

Pieza realizada por Guerrilla Girls en 1989

La asociación Mujeres en las Artes Visuales (conocida popularmente como MAV) realizó, por ejemplo, varios estudios sobre el número de exposiciones individuales organizadas en más de 20 centros de arte en España entre 1999 y 2013. Los resultados fueron devastadores: en los primeros años, entre 1999 y 2009, se organizaron 973 exposiciones individuales en los espacios investigados y sólo 200 fueron dedicadas a mujeres (un 20,5%). Entre 2010 y 2013 los porcentajes mejoraron un poco pero se estaban aún lejos de conseguir una igualdad aparente: se realizaron 466 exposiciones dedicadas a 452 artistas diferentes y sólo 104 de esos artistas fueron mujeres (un 33% del total). 

¿Cómo se os queda el cuerpo? Es verdad que ya han pasado varios años desde el último estudio de MAV sobre este tema pero, si os soy sincera, no creo que los números hayan cambiado mucho. Y si sucede esta injusticia con las mujeres (casi el 50% de la población mundial), realmente no quiero pensar qué pasará con grupos sociales más minoritarios por su raza, religión o preferencia sexual (todos aquellos que no sean blancos, cristianos, occidentales y heterosexuales). Deberán estar realmente fastidiados. 

Sé que de todo esto ya he hablado en numerosas ocasiones con anterioridad, pero creo que es todavía necesario seguir metiendo el dedo en la herida, seguir mostrando lo que todavía sucede, seguir peleando. Y en este punto muchos os preguntareis: ¿qué se puede hacer ante una situación tan negativa? No hay que esperar a que los cambios vengan por si mismos. Entre todos se pueden crear numerosas acciones con las que cambiar el ambiente actual, como por ejemplo:
  • Educar en las escuelas y universidades a los más jóvenes a través de libros que no omitan la importancia de las mujeres en el arte (y, por supuesto, en otros sectores como la ciencia, las biología o la literatura). 
  • Reivindicar el papel de las mujeres artistas y rescatarlas del olvido, difundiendo su trabajo a través de charlas, conferencias, artículos,  revistas, plataformas y demás vías que conozcamos. 
  • Exigir que más mujeres estén no sólo en la dirección de los museos y centros de arte, sino también en los patronatos (son estos quienes deciden en muchas ocasiones las adquisiciones de las instituciones y tenemos más posibilidades si hay más nombres femeninos en ellos).
  • O pedir a los museos y a los coleccionistas privados que aumenten el numero de mujeres autoras en sus colecciones a través de llamamientos públicos y privados (tal como lo hicieron las Guerrilla Girls en 1986 con la carta adjunta debajo).

Carta para coleccionistas realizada por 
Guerrilla Girls en 1986

Debemos seguir alzando la voz. Si no tocamos las heridas, si evitamos las confrontaciones, nada cambiará. 

miércoles, 14 de junio de 2017

Las mil y una habitaciones: viaje a nuestros espacios más privados

En la actualidad muchas personas comparten casa con sus padres, hermanos, abuelos y/o algún miembro más de la familia. La crisis (y la falta de futuro y expectativas) ha provocado que mermen mucho las posibilidades de algunas personas para independizarse y vivir en sus propios apartamentos. Ante tal situación muchos ven sus propias habitaciones como su único rincón de privacidad. Esos espacios son sus castillos, sus islas, sus remansos de paz, prácticamente sus “repúblicas”. Pocos pueden entrar a esos lugares secretos. 

El fotógrafo y director de cine John Thackwray ha roto, sin embargo, muchas puertas para crear uno de sus últimos proyectos fotográficos: My Room Photos. Para realizar este trabajo, se ha ganado la confianza de varios adolescentes de entre 18 y 29 años y ha podido no sólo entrar en sus espacios más privados, sino también fotografiarlos. El resultado es estupendo: las imágenes resumen perfectamente la forma en la que se vive en diversos países, las distintas filosofías existentes o los diferentes conceptos de orden. ¡Un proyecto con el que viajar por todo el mundo sin necesidad de levantarse del sofá!







Podéis conocer este proyecto más a fondo 
en la siguiente página web:
myroomphotos.com

viernes, 19 de mayo de 2017

Mujeres y publicidad: buscando imágenes éticas y responsables

Quiero salir de mi zona de confort (el mundo del arte) para escribir sobre un asunto que, al fin y al cabo, nos afecta a todos aquellos que disfrutamos del mundo visual y trabajamos con los ojos: el poder de la imagen y el uso irresponsable (muchas veces incluso indecoroso) que se hace de ella.

La idea para este artículo comenzó hace unos días, más específicamente el pasado 12 de mayo. En esa fecha nos levantamos con una noticia curiosa: la organización de consumidores FACUA denunciaba al torneo de tenis Madrid Open por un folleto publicitario. A simple vista este parecía inocente: promocionaba los palcos vip con fotos de algunos de los jugadores que participaban en el evento. Hasta aquí todo bien. El problema se encontraba, sin embargo, en los textos que acompañaban dichas imágenes: a los tenistas hombres se les describía como “las mejores raquetas del mundo”, mientras que a las tenistas mujeres se las presentaba como ejemplos de belleza y elegancia.

Parte del folleto de Madrid Open

Esas descripciones eran en si ya un hecho grave. Pero lo peor de todo fue darse cuenta de que varios amigos, muchos de ellos jóvenes con estudios universitarios y cierta mente avanzada y progresista, parecían no darse cuenta de lo peligroso detrás de esas palabras. Al enseñarles el folleto por primera vez, un gran número de ellos parecía haber perdido su sentido crítico y no encontraba el problema en esas descripciones. No se daban cuenta de que esa publicidad estaba bastante fuera de lugar, al cosificar a las jugadoras y reducir al mínimo su valía profesional: ellos son muy buenos en el campo, pero ellas sólo están ahí por su hermosura, no por su habilidad deportiva y profesionalidad. Menudo ejemplo para los más pequeños: les estamos dando a entender que ellos pueden conseguir lo que quieran (y serán reconocidos), mientras que de lo único que se tienen que preocupar ellas es de estar guapas.

Nos encontramos en un momento en el que mucha gente cree que el machismo se ha reducido a casos aislados, pero siguen surgiendo situaciones machistas a diario en la televisión, en la publicidad y en la vida cotidiana. Y lo más deprimente es que hay gente que ha asumido tanto ese machismo que no es capaz de reconocer los signos en cuanto los ve. ¡Abrid los ojos! En la mayoría de los anuncios las mujeres son sólo objetos sexuales para premiar a los hombres o las únicas responsables del cuidado de sus casas (véase los spots de desodorantes y colonias masculinas, detergentes o productos de cocina); en las películas o series de televisión ellas sólo aparecen para hablar de sus problemas con los hombres o sus relaciones amorosas (como si no hubiera vida más allá de nuestras parejas); y en numerosos programas de televisión ellos van bien tapados y ellas están medio desnudas (porque ya se sabe: ellos son los listos, nosotras las guapas). El folleto de Madrid Open es, pues, sólo uno de los miles de ejemplos a los que nos debemos enfrentarnos las mujeres. La imagen de la mujer se ha simplificado, reducido y cosificado tanto que ya nos parece normal, pero ¿dónde están los demás prototipos de mujeres? ¿Dónde se representan esas mujeres fuertes, independientes, profesionales? Menudo panorama más desalentador.

Anuncio del desodorante AXE

No podemos negar que se han conseguido muchas mejoras hasta ahora (sólo hay que volver la cabeza atrás y ver esos anuncios de los años 50), pero aún quedan muchas cosas por las que hay que seguir batallando. Y los sectores de la publicidad, la televisión o el cine deben ayudar a romper con la tendencia machista que ha habido hasta ahora. Los responsables de estos contenidos deben darse cuenta del poder que tienen en sus manos y comenzar a utilizar las imágenes desde un punto de vista más ético y responsable.

Y no sólo lo digo yo. Hay muchos artistas que, dentro de sus posibilidades, critican el tratamiento de la imagen femenina en la actualidad. No podemos olvidar, por ejemplo, el trabajo de la activista española Yolanda Domínguez (personalmente me encantan trabajos suyos como Katy Salinas, Esclavas, Fashion Victims o Niños vs. Moda). Pero también hay otros nombres tales como Martha Rosler y su trabajo Semiotics of the Kitchen, Saint Hoax y su serie Make America Misogynistic Again, o Nadie Gómez Kenier y su trabajo Macho sobre todas las cosas. Sigamos sus pasos y critiquemos aquello que no nos guste.


Niños vs. Moda
de Yolanda Domínguez