jueves, 9 de noviembre de 2017

El fenómeno de los nostálgicos y apasionados

"Toda pasión colinda con lo caótico, 
pero la pasión del coleccionista colinda
con un caos de recuerdos
Walter Benjamín (1892-1940)


¿Qué es coleccionar? 
Difícil pregunta a la que nos enfrentamos hoy, a pesar de su aparente inocencia. Responderla me parece una tarea titánica llena de curvas y recovecos que darían para varios capítulos en cualquier investigación. Aun así, intentaré ordenar mis pensamientos en unas cuantas líneas y espero (por vuestro bien) que las alas de mi imaginación no se desaten en excesivo.
Para comenzar este monólogo, quiero mencionar que el acto de coleccionar me parece un fenómeno sorprendente, capaz de apoderarse del corazón, del deseo y de la cartera de los más nostálgicos y apasionados. Unas pocas palabras serán suficiente para definir dicho fenómeno: no es más que un acto de recolección en el que una persona o institución reúne, como si fuera un agricultor, objetos de naturaleza similar bajo un mismo techo. Mediante adquisiciones, trueques u otros procedimientos, acumula piezas del pasado con la intención de recuperar sus historias del olvido, liberarlas del abandono y deterioro en los que algún día sucumbieron. Tal como dijo el profesor e investigador Jezreel Salazar, un coleccionista llega a ser “un ejercitador de la memoria: vive gracias al recuerdo y lleva a cabo un esfuerzo por no olvidar”.

Es verdad que muchos coleccionistas parecen comenzar su recolección de forma incoherente, confusa y desordenada. Se dejan llevar más por el corazón y los sentimientos que por la razón, pero poco a poco la propia colección va tomando forma. Los objetos, inconexos a primera vista, parecen complementarse con el tiempo y consiguen crear historias conjuntas, narrativas complejas y discursos interesantes al presentarse unos junto a otros. Poco a poco el coleccionista se convierte en un ser a medio camino entre el historiador y el archivista, cuya función es recuperar, inventariar y dar sentido a objetos olvidados a través de una narrativa común. No puedo dejar de pensar, de nuevo, en otras palabras de Salazar increíblemente ciertas:
Detrás del caos aparente y en medio de las satisfacciones a medias, el coleccionista lleva a cabo siempre un ejercicio de reordenamiento, mental y real, de los objetos que conforman su acervo. Hay una intención de completud y de jerarquización de aquello que se posee. El coleccionista tiende a interpretar el pasado en función de un orden imaginario. Es el encargado de darle un sentido y unidad a la diversidad de formas y estilos presentes en su colección”.
Pero cuidado: a pesar de la satisfacción que supone ser capaz de ir creando y dando forma a una colección, es importante mencionar que coleccionar es una tarea complicada que en muchas ocasiones se vuelve toda una obsesión. Los coleccionistas se convierten, prácticamente, en cazadores de tesoros capaces de vivir, soñar y respirar por un único fin: conseguir aquellas piezas que les faltan para completar sus colecciones. Una tarea colosal, gigantesca, que requiere de tiempo, paciencia y búsquedas interminables. Y a pesar de esos tres pilares, hay piezas que se resisten y nunca llegan a conseguirse, llenando de angustia, frustración e impaciencia a nuestros protagonistas.
Tal como escribió Mario H. Gradowczyk, “a la voluntad del coleccionista de navegar por una colección de objetos, se opone su angustia por no poder completar la serie soñada”. Coleccionar debe verse como una actividad a largo plazo que en la mayoría de los casos nunca llega a su fin. Una colección es como una amante en la que se gastan recursos, horas y energía y no siempre devuelve el favor.
Pero a pesar de las dificultades que surgen en el camino, cualquier coleccionista (sea particular o institucional) debe ser visto como un héroe con un importante rol cultural y social: conservar aquellos elementos que el Estado y la sociedad no protegen (por desinterés o imposibilidad). Una acción gigantesca, solitaria y, en muchos momentos, incomprendida.

Texto escrito para el blog de la Fundación Mapfre.
Más información AQUÍ

domingo, 5 de noviembre de 2017

#Womanarthouse

La historiadora norteamericana Linda Nochlin, recientemente fallecida, escribió en 1971 un articulo clave dentro de la historia del arte, bajo el título ¿Por qué no ha habido grandes mujeres artistas? Tal como demostraba con tan sólo unos párrafos, las mujeres habían sido sistemáticamente olvidadas por el discurso oficial: sus obras no se exponían en museos, no aparecían en libros y no se discutía sobre ellas. Parecían no haber existido jamás. Y lo más triste es que ese olvido parece que ha continuado en los últimos años, aunque han salido ya muchas voces en su contra. 

Ante esta situación, ante esta injusticia, varias profesionales del arte nos hemos unido para mover conciencias (Sara Torres, Emma Trinidad, Isabel González y yo misma). Las cuatro hemos comenzado una iniciativa titulada Woman Art House con la que queremos mostrar esa parte de la historia artística obviada, escondida y rechazada durante siglos. Pero ¿en qué consiste realmente este proyecto?


Todos los lunes una de nosotras promociona el trabajo, la historia y la vida de alguna mujer artista elegida previamente e intenta generar debate y conversación entorno a ella con toda aquella gente interesada en participar. Para conseguir más impacto, utilizamos una de las herramientas más abiertas, accesibles y sociables que existe en estos momentos: Twitter. A través de una serie de tweets difundimos, escuchamos y generamos movimiento en la red social, promocionando el trabajo de esas creadoras olvidadas. 

Muchos se preguntan de dónde surge el nombre de la iniciativa. Fácil respuesta: es todo un guiño a la historia de las mujeres en el arte. Womanhouse fue, de hecho, el nombre de la primera exposición feminista organizada por Judy Chicago y Miriam Schapiro en 1972. En ella un grupo de estudiantes intervino una casa abandonada en Los Ángeles convirtiéndola en una proclama del arte creado por mujeres. Un gesto que ha quedado en los anales de la historia y que nosotras queremos recuperar para seguir luchando contra el olvido, contra las desigualdades, contra las injusticias. 

La iniciativa ya tiene dos semanas de vida, tiempo suficiente para haber hablado ya de dos artistas destacables: Maruja Mallo y Louise Bourgeois. Y mañana es el turno de la tercera, Carolee Schneemann. Si estáis interesados, sólo os aconsejamos una cosa: estar atentos al hastage #womanarthouse en Twitter, escuchar y aprender de todo lo que se difunde, y participar con todo aquello que queráis.

Por supuesto estamos dispuestas a que sea un proyecto continuado y “a que se añadan nuevas colaboradoras en un futuro” tal como dice Sara. ¡A mover el esqueleto y teclear en vuestro móvil! 

Maruja Mallo

viernes, 27 de octubre de 2017

`Mutaciones´ de Ruth Peche

Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza 
habla mientras el género humano no la escucha
 — Victor Hugo —

Bien es sabido que la naturaleza ha sido una fuente de inspiración para artistas y creativos durante siglos. Aunque esa naturaleza ha sido capaz de aterrorizar a generaciones enteras por su indomabilidad, misterio y superficie, muchos de los elementos que la componen nos han conquistado por su belleza, pureza y libertad. Ruth Peche recoge en sus obras esa fascinación por nuestro entorno, pero enfrentando lo natural con una de sus peores amenazadas: la huella del ser humano. 
La relación entre naturaleza y humanidad se respira, sin duda, en su último proyecto: la exposición Mutaciones, que se abrirá el próximo 3 de noviembre en el Palacio de Pimentel (Valladolid). En ella se presenta una serie de obras que reflejan un problema poco publicitado pero realmente trágico: la contaminación de los entornos naturales por la basura y los residuos surgidos del consumo humano, muchos de ellos no biodegradables y tóxicos. Sus piezas son, indudablemente, una representación visual de una de las afirmaciones más tristes del oceanógrafo Charles Moore: “nosotros, los humanos, producimos la basura que la naturaleza no puede digerir”.
Las obras de Peche representan imágenes de una realidad cruel, siniestra y amarga, pero presentada curiosamente de forma sublime y poética. La artista busca despertar nuestra conciencia medioambiental mediante imágenes estéticamente cuidadas y delicadas. Los plásticos y demás residuos protagonistas son tratados de forma escultórica para crear objetos seductores y bellos que, a la distancia, parecen confundirse con el entorno en el que se encuentran. Peche está queriendo seducir y atraer nuestra mirada para que, ya de cerca, nos preguntemos qué es lo que vemos, de dónde surgen esos productos, qué es lo que estamos haciendo. Mediante la elegancia visual, quiere que reflexionemos sobre la catástrofe que estamos provocando: nuestra intervención en el ciclo natural de la vida y la muerte introduciendo materiales que no se degradan, sólo mutan con el tiempo. Los espectadores podemos disfrutar de la belleza de aquello que nos da miedo, de la belleza de lo amenazante, de lo fascinante de lo terrorífico.
Los trabajos de la madrileña son una continua batalla de opuestos que juegan con nuestra percepción: en ellos vemos lo natural y lo humano, lo orgánico y lo sintético, lo real y lo artificial, lo bello y lo trágico, la vida y la muerte. Con todas esas contradicciones, el objetivo final de la exposición sigue siendo claro: “llamar la atención”, según las propias palabras de Ruth, “sobre la difícil coexistencia entre nuestro sistema de vida actual, la evolución natural del paisaje y las consecuencias futuras que puede acarrear”. Igual que otros artistas como Irene Sanfiel (alias Zireja) y su proyecto The Waste Coast, Mandy Barker y su obra Soup o Catalina Bauer y su trabajo Mapa, Peche quiere abofetear a esa sociedad adormilada ante la destrucción de nuestro entorno y preguntarnos qué queremos dejar a sus hijos.


Texto publicado en el catálogo de la exposición Mutaciones
Más información sobre la muestra:

Dirección:
Palacio de Pimentel
C/ Angustias 44
Valladolid

Fechas:
del 3 de noviembre al 3 de diciembre.

Inauguración:
3 de noviembre - 20 horas.

miércoles, 4 de octubre de 2017

`Second Wind´ de James Turrell, un encuentro inesperado

Provincia de Cádiz, finales de agosto. La sensación térmica hacía que cualquier prenda de ropa, incluso la más fina, molestase con sólo rozar la piel. No era el desierto del Sáhara pero lo parecía. Mi pareja y yo recorríamos la costa en una autocaravana de 5 metros cuadrados, una casa rodante en la que podíamos cocinar acostados en la cama o conducir mientras nos duchábamos. Una forma de viajar curiosa que mezclaba aventura y locura a partes iguales. 

Los primeros días fueron intensos: creo que no dejamos ni un pueblo o playa sin visitar. Pero tras diez jornadas recorriendo fauna y flora, necesitábamos nuevos planes para no morir por repetición: los ojos estaban ya cansados de tantas fachadas blancas decoradas con flores y la piel no podía estar más roja por la mezcla de crema, sol y arena. Una tarde que conducíamos hastiados por la carretera que une Tarifa y Vejer de la Frontera nos encontramos con una sorpresa grata: unas señales que nos llevaban directos a la Fundación NMAC, un curioso lugar escondido dentro de nuestras fronteras.

Se trata de un espacio museístico de carácter privado inaugurado en junio de 2001 y dedicado al arte contemporáneo. Más específicamente busca estudiar esas relaciones que se crean entre arte y naturaleza cuando ambos elementos confluyen en un mismo espacio. De hecho la fundación se encuentra en un gran terreno natural abierto al cielo en el que se exponen proyectos site-specific creados por artistas de diversas nacionalidades. Un tesoro lleno de tesoros. En unas 500 hectáreas aproximadamente los visitantes podemos encontrar trabajos de artistas de la talla de Pilar Albarracín, Mauricio Cattelan, Marina Abramovic, Shen Yuan o Susana Solano. 

Pero entre todos ellos yo destacaría un nombre en especial: James Turrell (Pasadena, California, 1943). Descendiente de una familia de cuáqueros, este artista estudió matemáticas, psicología de la percepción y aviación y la mezcla de todos esos conocimientos han contribuido a que haya sido capaz de crear piezas visualmente estudiadas, sugerentes y poéticas. En todas ellas se respira un común denominador: el uso de la luz, pero no como un elemento más de construcción sino como un fin en si mismo. Turrell parece defender que la luz es el detonante de la existencia, el aspecto más elemental de la vida, y quiere centrarse en ella, en lo que con ella se puede crear y el efecto que tiene en quién la ve. 

Para la fundación andaluza creo especificamente Second Wind, una pieza que forma parte de su serie Skyspaces y que fue inaugurada hace ya doce años (en 2005). ¿En qué consiste realmente? Es una estructura subterránea con forma de pirámide truncada a la que se accede a través de un túnel. En su interior tiene una estupa de piedra sobre un depósito de agua y esta estupa cuenta, como el resto de las obras de la misma colección, con una abertura en el techo para observar el cielo. Los visitantes pueden sentarse en bancos establecidos en el interior y disfrutar del cielo y de los cambios lumínicos, además de meditar sobre su propia percepción de la realidad. A mi me recuerda realmente a una capilla en la que la luz busca ayudarnos a relajarnos, a meditar, a reflexionar, a  percibir el exterior y a encontrarnos a nosotros mismos (más allá de cualquier creencia religiosa personal). 

En mi caso particular esta pieza fue todo un descubrimiento. A pesar de su sencillez fue capaz de captar nuestra atención y hacernos disfrutar del espacio y de la luz de un día especialmente soleado. Tras nuestro largo viaje en caravana con sus pros y contras, sus alegrías y sus batallas, esta experiencia nos ayudo a olvidar el sofocante calor del exterior, a relajarnos y a percibir algo tan esencial y básico como el poder de la luz misma.












Para más información sobre esta pieza, podéis visitar la 
página web de la Fundación 
pinchando AQUÍ

miércoles, 23 de agosto de 2017

Oda al dibujo

Artículo escrito para el blog de la Fundación Mapfre.

Las primeras palabras que pronunció Pablo Picasso, según cuenta la leyenda, fueron “piz, piz” con apenas un año. Aquel pequeñín, que todavía no sabía hablar en condiciones, pedía tan solo un lápiz para poder dibujar. Una anécdota insignificante dentro de la biografía de Picasso, pero capaz de mostrarnos como el malagueño ya apuntaba maneras durante su más tierna infancia.

Sea o no una historia veraz, podemos afirmar que muchos de nosotros empezamos a dibujar incluso antes que a cotorrear. Trazar garabatos es casi la primera manera que tenemos de expresar nuestros sentimientos al mundo. Es una acción que parece surgir de forma natural cuando somos niños, durante los años en los que nuestra personalidad se va formando. Pero a pesar de la importancia del dibujo en nuestro desarrollo infantil, llega un momento en el que los adultos deciden cortarnos las alas de la creatividad. A ciertas edades ya no sé ve con buenos ojos gastar nuestro tiempo con lápices y papeles; debemos dejar la infancia atrás y centrarnos en materias más serias que nos formarán, según nos dicen, para el futuro.

Pero no debemos pensar que ese rechazo hacia el dibujo es solo característico de la sociedad civil. Durante siglos el dibujo ha sido visto, dentro del mundo del arte, como un actividad secundaria que no tiene tanta dignidad como la pintura, la escultura o la arquitectura. Las academias decimonónicas, por ejemplo, utilizaban el dibujo simplemente como medio formativo para entrenar el ojo de los estudiantes, mientras que numerosos artistas ya consagrados lo usaban solo como un paso preparatorio para organizar sus ideas antes de realizar sus obras finales. Los museos e instituciones culturales no han sido, ni mucho menos, mejores: en muchos casos se han negado a mostrar dibujos en sus salas al considerarlos obras menores cuya exposición es, además, problemática debido a su fragilidad e inestabilidad.

Todo esto demuestra como los dibujos han sido, durante gran parte de nuestra historia, uno de los medios más maltratados, denigrados y olvidados en el arte. Sin embargo, tenemos que aprender a reivindicar este medio y entender su potencial. Aunque muchos crean que es una técnica aparentemente sencilla y frágil, es mucho más importante y compleja de lo que parece. Veamos solo tres razones para su consideración.

Dibujar, para empezar, es casi la forma más esencial y primaria que tienen los artistas para expresarse. Tal como dijo la creadora Mariana Varela, “para nosotros, los artistas, es un medio de conocimiento: dibujar es pensar. En el sujeto equivale a hablar” (1). Muchos artistas son incapaces de expresar sus sentimientos en palabras, pero con unos cuantos trazos, con unas cuantas líneas, dan forma a sus pensamientos de forma directa, sencilla e inocente. Reivindicamos el dibujo, al menos, como medio de expresión.

Por otro lado, el dibujo ayuda también a arrojar luz sobre el funcionamiento interno de otras artes: al haber sido utilizada durante años como un paso preparatorio, a medio camino entre la idea y la obra maestra, nos ayuda a conocer todos los secretos y recovecos detrás de las piezas finales (muchas de ellas desaparecidas o estropeadas con el tiempo). Se merece un respeto como archivo visual dentro de la historia del arte.

Para terminar, el dibujo es, asimismo, un medio realmente honrado y honesto. Su aparente fragilidad nos hace acercarnos a las obras y enfrentarnos cara a cara con sus trazos, descubriendo la calidad o la vulgaridad de cada pieza. El dibujo no permite disimular los imperfectos y nos ayuda a ver quién es buen o mal artista con tan solo una línea. El propio Salvador Dalí ya afirmó que "el dibujo es la honestidad del arte. No hay posibilidad de hacer trampas. O es bueno o es malo" (2). La importancia de este medio recae también en su papel para conocer el talento de los artistas.

No podemos olvidar como magníficos artistas de la talla de Durero, Goya, Ingres, Delacroix, o el propio Picasso fueron magníficos dibujantes y algunas de sus piezas a lápiz pueden ser considerados autenticas obras maestras en si mismas. Y no solo eso: numerosos artistas contemporáneos han sido capaces de convertir esta técnica en su medio de expresión principal, destacando por sus originales trabajos (a la cabeza me viene artistas de la talla de Paula Bonet, Guillermo Peñalver o Juan Francisco Casas). Las obras de todos ellos deben comenzar a conquistar las salas de los museos para mostrar su magia, su delicadeza y su elegancia. 

Es cierto que, gracias al esfuerzo de algunos profesionales, van apareciendo proyectos que pretenden destacar y difundir el trabajo de estos dibujantes. Podemos recordar, por ejemplo, algunas exposiciones realizadas en los últimos años, como Dürer to de Kooning: 100 Master Drawings From Munich (2012-2013) o Picasso: The Line (2016); o algunos museos con colecciones maravillosas de dibujo, como el Museo ABC de Dibujo e Ilustración o la propia Fundación Mapfre. Pero todavía queda mucho por hacer, por trabajar, por reivindicar. Luchemos por dar voz a un medio que tiene mucho que decir y todavía poco espacio donde mostrarse.  

Notas

(1) Mariana Varela, “La importancia del dibujo” dentro del libro El dibujo en Colombia: una mirada a la colección del Museo de Arte de la Universidad Nacional de Colombia. Texto completo: http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/todaslasartes/dibujo/dibujo0.htm

(2)  Frase mencionada por Enrique Viloria Vera en su artículo “Manuel Gutiérrez: dibujante y colorista”, Salamancartvaldia, 12/10/2016. Texto completo en: http://salamancartvaldia.es/not/129683/manuel-gutierrez-dibujante-colorista/

martes, 8 de agosto de 2017

Reivindicando a Anni Albers

La gran mayoría de los amantes del arte conocemos a Josef Albers (1888-1979) y sus cuadrados multicolores. No hay libro enciclopédico dedicado a las artes que no lo describa como uno de los más destacados pintores abstractos de su época, además de mencionar su trabajo como profesor, diseñador gráfico o poeta. Pero es curioso darse cuenta de que no tanta gente conoce el trabajo de su mujer Annelise, llamada familiarmente Anni (1899-1994).


Yo personalmente la descubrí bastante tarde (a pesar de la vergüenza que me da confesar tal tragedia). Durante mis años universitarios (en los que estudié historia del arte) y durante el inicio de mi vida profesional, ningún profesor ni compañero me mencionó alguna vez el nombre de esta pionera del arte textil. Tampoco cayó en mis manos ninguno de los pocos textos escritos sobre ella. Un cumulo de mala suerte y desgracias que se rompió hace tan sólo unos pocos años: fue durante una exposición sobre Josef organizada por la Fundación Juan March en 2014 cuando alguien me habló de ella con gran interés (curioso que fuera justo en esa exposición, como si su trabajo estuviera a la sombra del de su marido). Avergonzada ante mi ignorancia y desconocimiento, no pude hacer otra cosa que comenzar a investigar sobre ella y su trabajo.

Os comentaré algo de su biografía. Nacida en Berlín a finales del siglo XIX, comenzó a recibir clases de pintura y dibujo durante su niñez. Fue tal su interés y fascinación por el mundo visual que pronto decidió convertirse en artista y en 1922 fue aceptada en la prestigiosa Bauhaus, estudiando con maestros de la talla de Wassily Kandinsky o Paul Klee. Pero a pesar de lo vanguardista que suponía en aquella época que las mujeres fueran aceptadas en una escuela de tal calibre, estas sufrían numerosas limitaciones. Y Anni las vivió en primera persona: se le negó la inscripción en un taller de vidrio y tuvo que matricularse sin quererlo en el taller de textiles (aunque poco sorprende el hecho de que uno de los pocos talleres abiertos a mujeres fuera justo ese, relacionado con un arte tradicionalmente considerado femenino). Su interés por el mundo de los tejidos fue al principio escasa, pero los hilos le fueron atrapando con el tiempo: “pensé que (el taller de textil) era más bien cursi y afeminado. Pero cada vez me intrigaba más con él y gradualmente lo encontré muy satisfactorio.


Este curso, al que llegó fruto del azar, fue el punto de partida para todo su trabajo posterior. Gracias a él, descubrió un campo nuevo para experimentar con diversos materiales, como hilos metálicos, crin o tejidos tradicionales. Durante los años siguientes como estudiante en la Bauhaus (y posteriormente como profesora), Anni creo obras en papel y tapices innovadores, armónicos y perfectamente compuestos con tramados lineales y colores geométricos. Tal como dijo la periodista Patricia Martín, la artista descubrió en el mundo textil “la combinación perfecta de subjetividad y un método técnico que hace consciente la construcción, las elecciones de materiales, colores y formas.


Tras este descubrimiento vital, todo fue bien hasta principios de la década de 1930, cuando el Partido Nazi comenzó a ganar poder en Alemania y la Bauhaus cerró sus puertas. Como muchos artistas e intelectuales europeos, Anni y su ya marido se mudaron a Estados Unidos, hallando “un territorio virgen para la total experimentación artística sin el peso de la tradición europea” (de nuevo en palabras de Martín). Su estancia allí fue más que productiva: no sólo continuó su trabajo como docente y teórica, sino que también siguió su investigación artística. Y esa investigación se vio enriquecida por los continuos viajes de la pareja por Latinoamérica, donde Anni estudió patrones, tejidos y técnicas tradicionales. E incluso se convirtió en una ferviente coleccionista de antiguos textiles peruanos. ¡Menuda fuente de inspiración!


Desde entonces y hasta su muerte (a los casi 95 años), siguió experimentando con materiales y formas de producción, creando numerosos tapices, textiles y grabados profundamente conmovedores. A pesar de no aparecer en muchos libros de arte, aún hoy debe ser considerada una figura fundamental dentro de la historia del arte. Tal ha sido su importancia que fue, de hecho, la primera artista textil que expuso de manera individual en el MoMA de Nueva York, a pesar de que dicho dato apenas se recuerda.

Este año su nombre ha vuelto a mi mente mientras investigo para uno de mis últimos proyectos, Las Hilanderas, dedicado a artistas contemporáneas que trabajan con hilo y aguja… Casualidades de la vida. Y ha vuelto gracias a dos hechos sin conexión aparente: encontrar, durante mi última visita a Milán, una pequeña exposición sobre sus grabados en la Galleria Carla Sozzani (abierta hasta principios de septiembre); y saber que el Museo Guggenheim de Bilbao inaugurará el próximo otoño una retrospectiva sobre ella. Dos hechos aún necesarios para dar a conocer al mundo menos especializado su extensa y brillante carrera… porque el textil, señores y señoras, ya debe considerarse una expresión de primer orden y no sólo artesanía. Este texto pretende ser sólo un pequeño homenaje a Anni, a su labor, a su legado, aunque más deberíamos hacer. 

sábado, 15 de julio de 2017

Los colores según Mark Liam Smith

Nuestra percepción del arte se ve afectada por todos los elementos y vivencias que nos rodean. Factores como haber pasado un buen o mal día, estar o no descansados tras una dura jornada de trabajo o encontrarnos en una habitación lo suficientemente iluminada afectan cualquier enfrentamiento visual que tengamos con una obra de arte. Pero, por supuesto, también nos influye el punto desde el cual veamos ese objeto, la perspectiva, la composición… y, por supuesto, los colores. 

Es curioso estudiar el color y ver cómo este nos afecta en nuestra vida cotidiana. A pesar de la poca importancia que le damos cuando lo disfrutamos, está ahí y su ausencia nos provoca confusión. Aún así debemos recordar que los colores realmente no existen... o, al menos, no en el sentido literal. La hierba no es verde, los plátanos no son amarillos y el cielo no es azul. Realmente es nuestro propio cerebro el que “colorea” esos objetos gracias a los rayos de luz que nos llegan a través de las retinas de nuestros ojos. De ahí que cada uno perciba los colores con matices distintos (no hay más que recordar los debates que surgieron en las redes sociales con el archiconocido vestido a rayas hace ya unos años).

Si miramos al mundo del arte, vemos que hay numerosos artistas capaces de jugar con los colores (y nuestra percepción) de una manera original y diferente. Uno de ellos es Mark Liam Smith, artista ingles con base en Canadá cuya visión está marcada por una deficiencia visual: el daltonismo. Algunos podrían considerar esta deficiencia como un handicap para su profesión, pero Mark ha sabido convertir su "problema" en un valor para su obra. Él mismo explica su revelación con las siguientes palabras: "como artista daltónico, tuve que confiar durante un tiempo en fórmulas de mezcla de colores para recrear los tonos de la piel. Pero más tarde en mi carrera me di cuenta de que los colores normales sólo servían para restringir mi expresión. Al ver mi ceguera de color como una fortaleza más que como una debilidad, he abrazado el uso de colores no considerados normales para desarrollar mi trabajo".

Entre todos sus trabajos destacaría sobre todo su proyecto Imagined Narrativas, que es realmente una oda a la diferencia, un canto a la imaginación. Está compuesto por una serie de obras donde el uso de los colores no tiene razón lógica alguna. El artista sigue su propia inspiración, su propio instinto, para crear escenas realistas decoradas con formas geométricas y diferentes tonalidades de color que provocan sorpresa, asombro, extrañeza. Parece que entramos en otro mundo, uno irreal, uno onírico alejado de lo que estamos acostumbrados. Él mismo explica que crea "una narración que usa forma, color y personaje" y considera "cuidadosamente las relaciones cromáticas y espaciales en mis pinturas para lograr movimiento y equilibrio, al igual que un escritor utiliza dispositivos literarios para avanzar en el tema".





Si queréis saber más de él, podéis visitar su web:
www.markliamsmith.com